Ruta Por La Historia

Ruta Por La Historia

viernes, 27 de enero de 2017

Los últimos de Filipinas


El 27 de junio de 1898 se comenzaban a escribir las primeras líneas de la que quizá sea la última gran gesta militar española, la mítica y heroica resistencia de Baler.

Pero para intentar comprender mejor la historia de estos últimos héroes españoles, vilipendiados por una reciente película, tenemos que viajar unos años antes en el tiempo.

La situación en Filipinas era bastante cómoda para España debido a las diferencias existentes entre los distintos grupos autóctonos, de hecho mientras que en Cuba eran necesarios más de 100.000 efectivos, en Filipinas estaban destacados únicamente unos 20.000 hombres. De hecho, en el sitio que hoy nos ocupa, Baler, las únicas autoridades españoles eran un cabo de la Guardia Civil y cuatro guardias civiles indígenas con los que el Gobierno español luchaba contra los contrabandistas.

En 1896 la situación sufre un revés. España debe hacer frente a una revuelta de los tagalos, los independentistas filipinos liderados por Emilio Aguinaldo.

Emilio Aguinaldo
Emilio Aguinaldo, líder de los tagalos.

Finalmente, el Capitán General Primo de Rivera consigue llegar a un acuerdo de paz, el Pacto de Biak-na-Bato, por el que se restablecía la paz a cambio del exilio de Aguinaldo y los lideres insurrectos, además Aguinaldo obtuvo una inmensa fortuna, 400.000 pesos filipinos, con los que se instaló en Hong Kong. 

A pesar de esta victoria diplomática, aquellos eran los últimos latidos del Imperio del que una vez se dijo que no se veía poner el Sol, y que en esos momentos estaba reducido a Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam. En la Península la situación no era mucho mejor, se vivía una de las peores crisis económicas y sociales conocidas hasta la época. 

Mientras España sufría, Estados Unidos emergía como potencia. Sus gobernantes empezaron a mirar al exterior en busca de nuevos territorios que, o bien compraron como Alaska, o que directamente tomaron, como Hawai. Pero cerca, muy cerca de sus fronteras, existían dos enclaves que podían frenar su expansionismo, Cuba y Puerto Rico

Los políticos estadounidenses intentaron sacar provecho de la maltrecha España, y ofrecieron 100 millones de dólares por Cuba. No obstante, el Gobierno español rechazó tal oferta e indicó que Cuba no estaba en venta. Este rechazo sembró la semilla del rencor de Estados Unidos hacia España, y comenzaron a pensar en un pretexto para limpiar de españoles las islas de Cuba y Puerto Rico. 

Y este pretexto surgió el 15 de febrero de 1898, cuando el buque estadounidense "Maine", llegado en misión de paz, aunque sin previo aviso, saltó por los aires. El Gobierno estadounidense, apoyado por la prensa de ese país, culpó del suceso a los españoles, aunque posteriormente se demostró que todo había sido un accidente, y declararon la guerra a España el 25 de abril. El objetivo no solo eran Cuba y Puerto Rico si no también bases para abastecer de carbón a sus buques en Asia, y las Filipinas eran demasiado apetitosas.

Explosión del Maine
Ejemplo de la manipulación de la prensa estadounidense del "asunto Maine"

Los insurgentes filipinos aprovecharon la ocasión para volver a levantarse frente a España, con promesas de apoyo estadounidenses, y Aguinaldo retornó desde Hong Kong a Filipinas para ponerse al frente de los tagalos. 

Esta vez la guerra era demasiado desigual, los filipinos unidos en torno a su líder superaban con creces a los 20.000 soldados españoles, quienes tenían que hacer frente a una guerra en tierra mientras recibían los cañonazos de los buques estadounidenses desde el mar. 

Y es en este momento cuando viajamos hasta la pequeña localidad de Baler, a 200 km. de Manila en la isla de Luzón.

Baler
Mapa de Baler y su iglesia

Hasta allí llegó un destacamento de 50 cazadores españoles al mando del Teniente Mota, un joven de 19 años y de escasa experiencia militar. No obstante, diez de sus hombres fueron asesinados por los rebeldes filipinos, y el Teniente Mota quien pensó que era el único superviviente tras un ataque nocturno, terminó suicidándose. 

Ante esta situación, las autoridades españolas decidieron mandar a una nueva dotación, esta vez con más experiencia en el combate. De esta manera, en febrero de 1898, parten desde Manila 50 cazadores, al mando del Capitán Enrique de las Morenas apoyado por los Tenientes Saturnino Martin Cerezo, bregado en batallas de Cuba y Marruecos; y Juan Alonso Zayas; así como por el Teniente Medico Rogelio Vigil de Quiñones, con la intención de defender Baler.

Enrique de las Morenas
Retrato del Capitán Enrique de las Morenas
Mientras, la suerte de España quedaba sellada en la Batalla Naval de Cavite el 1 de mayo de 1898. En esta batalla, la Armada Española tenía una superioridad de un buque sobre los estadounidenses, pero la falta de atino en los disparos y la superioridad técnica de los barcos estadounidenses, provocaron el gran desastre español, que únicamente pudo aguantar una hora y media de combate y finalmente, tuvo que rendirse y la suerte de España en la Guerra estaba decantada. 

Mientras, en Baler, el nuevo destacamento hacía el relevo. En este enclave que pasará la historia, 54 valientes quedaban preparados para defender a España y sus territorios. Estos hombres se establecieron en el pueblo, y el Capitán Enrique de las Morenas comprendió que en caso de necesitar refugio durante el combate, la Iglesia, con sus muros de más de metro y medio de ancho, sería el bastión perfecto.

Iglesia de Baler
Iglesia de Baler, último bastión de resistencia española.

El 27 de junio, como dijimos anteriormente, se produce el ataque de los tagalos, y el Capitán de las Morenas, viéndose superado en número, ordena llevar al interior de la Iglesia todas las armas y víveres posibles y comenzar la resistencia hasta la llegada de refuerzos o hasta que no quedara ni un solo de ellos con vida. 

A las pocas horas, los filipinos atacan la iglesia. El capitán español ordena abrir fuego contra ellos. Los tagalos, salen a centenares desde todos los sitios, el pueblo se convierte en una llamarada de fuego. Los máuseres españoles consiguen rechazar todas las ofensivas de las primeras horas sin bajas, mientras que decenas de muertos tagalos yacen fuera.

Fusil Mauser
Fusil Mauser, arma principal de defensa en Baler

En el interior, se tapiaron las ventanas dejando sólo unos pequeños resquicios por los que poder disparar sus fusiles, y se excavó una línea de trincheras alrededor del edificio para que sirviera de defensa contra el enemigo. 

Los días pasaron, y los filipinos enviaron varios mensajes en los que informaba a los españoles de la retirada española de la colonia. Trataron por todos los medios de hacerles comprender que nadie vendría a rescatarlos y que estaban solos. No obstante, los españoles no estaban dispuestos a capitular, además pensaban que se trataba de un engaño para hacer que se rindieran, por lo que siguieron preparando la defensa. Filipinas era, para ellos, española

Los días avanzaron y los esperados refuerzos no llegaban, además la mala alimentación comienza a hacer mella en los españoles, que no disponen de sal para conservar los alimentos correctamente. Todo hace ver que su final está cercano, pero nuestros héroes están dispuestos a defender su honor como soldados por encima de todo

No obstante, mientras sus hombres luchaban y resistían heroicamente, España se rendía ante los Estados Unidos el 13 de agosto de 1898. En un Tratado ridículo para España, en el que Estados Unidos se hacía con Cuba y Puerto Rico, como pago de la Guerra; en el Pacifico Guam pasaba a manos estadounidenses y por Filipinas únicamente se pagarían 20 millones de dólares. A España solo le quedó firmar, todo se había perdido para siempre.

Tratado de París de 1898
Firma del Tratado de París de 1898. El Imperio español desaparecía para siempre.
Se acordaron repatriaciones y comenzó la vuelta de los soldados hacia España, pero aún faltaban los hombres de Baler, quienes no sabían nada de lo que estaba pasando más allá de escasos metros de la iglesia. Los mandos españoles en Manila, mandaron a algunos emisarios, como el Capitán Olmedo, para comunicarles la rendición española, pero los hombres de Baler no se fíaban, seguían pensado que todo era una trampa filipina. España no se podía haber rendido, era impensable

Pero los heroicos españoles descubrieron que el único peligro de Baler no eran los filipinos, sino que unos asesinos silenciosos les atacaban, enfermedades como el beri beri y la disentería poco a poco se adueñaban de sus cuerpos. El 8 de octubre fallecía el Teniente Alonso Zayas y un mes después, el 22 de noviembre, lo hacía el Capitán Las Morenas, quedando al mando el Teniente Saturnino Martín Cerezo, que decide aguantar hasta nuevas órdenes y prefirió seguir aparentando delante de los emisarios filipinos que su superior estaba vivo y dar así más sensación de fortaleza.

Saturnino Martín Cerezo
Teniente Saturnino Martín Cerezo, líder de los resistentes españoles.

La situación era casi dramática, y a pesar de que los españoles siguen aguantando se producen deserciones, 8 en total durante toda la heroica resistencia, siendo dos de ellos atrapados durante su huida y fusilados como traidores, aunque en el estadillo se indicó que habían muerto por enfermedad para evitar la deshonra a su familia. 

Y así llegó la Navidad de 1898. 

La situación ya era angustiosa, el hambre se adueñaba de todos, por lo que no es de extrañar que se tomaran decisiones desesperadas como las salidas en busca de alimentos. Estas salidas dieron sus frutos, ya que pudieron cazar un carabao, una especie de búfalo, que les dio carne para tres días, y semillas de calabaza. 

Pero ahora la situación de los enemigos de estos hombres era bien distinta, Estados Unidos se había adueñado de Filipinas, y los tagalos se sentían traicionados por sus antiguos aliados.

William McKinley
William McKinley, Presidente de EE.UU., culpable de la guerra hispano-estadounidense y traidor a Filipinas.

Como gesto de buena voluntad, el Gobierno estadounidense intentó mediar ante los resistentes españoles en Baler, por lo que el 13 de abril de 1899 se procedió al envió del cañonero Yorktown, que al llegar a la zona hizo sonar sus cañones y con sus proyectores de luz iluminó la iglesia del Baler. En el interior se oyeron las salvas del cañonero y de golpe todo se vió iluminado por las luces del buque, el Teniente Martin Cerezo entendió que por fin habían llegado los refuerzos esperados, que estaban en lo cierto, los filipinos les mentían en lo relativo a la rendición española. 

Pero una vez más la realidad era esquiva a nuestros héroes, los 16 soldados estadounidenses que iban a desembarcar en la playa, recibieron el alto por parte de los filipinos, quienes después, abrieron fuego contra ellos, acabando con su vida. En mar, la tripulación del Yorktown observó lo que estaba ocurriendo, y se dio la orden de virar en redondo, abandonando de esta manera a nuestros héroes a su suerte. 

Ante esto, Martin Cerezo dio orden de seguir con la resistencia, hasta el último hombre o hasta recibir noticias. 

Si los españoles presentaban una defensa numantina, a los filipinos ya no les cabían más bazas por jugar, lo habían intentado por la vía militar y mediante el envío de emisarios, pero los bravos españoles no rendían la plaza. Finalmente accedieron a que un mando militar español hablase con ellos. Desde Manila, el Teniente Coronel del Estado Mayor Cristóbal Aguilar y Castañeda partió a bordo del cañonero Uranus con destino a Baler. Frente a la puerta de la iglesia, el Teniente Coronel armado únicamente con una bandera española pidió hablar con los resistentes. 

Desde el interior pudieron observar el uniforme español y la bandera, esta vez sí, Martin Cerezo accedió a mantener parlamento. Aguilar afirmó que acababa de llegar de Manila y que le había sido encomendada la misión, por el alto mando español, de «recogerles» y hacerles llegar a casa. Martin Cerezo tomó a Cristóbal Aguilar y Castañeda por un traidor, España no podía haberse rendido ante una potencia inferior como Filipinas, no podía ser posible. Por lo que despachó a Cristóbal Aguilar y Castañeda con un seco “gracias, pero no”.

Los días de resistencia se habían convertido en semanas y estas en 11 largos meses. Muertos prácticamente de hambre y agotados, los hombres se reunieron y trazaron un último plan. Más que un plan era una locura, pero ya nada más podían hacer. 

Cuando se acabasen definitivamente los víveres tratarían de escabullirse en medio de la noche hacia un bosque cercano. Desde allí, marcharían hasta Manila, donde se presentarían ante las autoridades españolas. Pero un inesperado «regalo» lo cambió todo. Cuando abrieron, como hacían cada mañana, las puertas del templo, hallaron un periódico español, “El Imparcial”. En un principio tomaron el periódico como una burda imitación, hasta que en una noticia aparecía algo que los filipinos no podían saber. Según contó en sus memorias el Teniente Martin Cerezo, “Admirando estaba la obra cuando un pequeño suelto me hizo estremecer de sorpresa. Era la sencilla noticia de que un segundo Teniente D. Francisco Díaz Navarro, pasaba a estar, a petición propia, destinado a Málaga; aquel oficial había sido mi compañero e íntimo amigo en el Regimiento de Borbón; y yo sabía muy bien que tenía resuelto pedir su destino a la mencionada población” 

Cerezo comprendió que todo lo que le habían estado diciendo aquellos meses era absolutamente cierto. España había sido expulsada de la colonia, ya no quedaba ningún retazo del imperio. Inmediatamente reunió a los defensores y, tras compartir una charla acordaron rendirse aunque con una serie de condiciones. 

Estas condiciones hicieron que su rendición fuese más honrosa que la que había firmado la propia España. En esta rendición se debía dejar claro que ellos no se rendían, si no que las dos partes habían decidido abandonar las hostilidades; la vida de los bravos soldados españoles debía ser respetada; estos hombres abandonarían la plaza portando sus armas y serían escoltados hasta tropas españolas o un lugar seguro. 

El 2 de junio de 1899 en formación de a tres desfilaban, harapientos, sin municiones, desdentados, y enfermos pero con marcialidad. Nadie se explica cómo pudieron resistir tanto, al beri beri, a la disentería, y a los enemigos, pero lo habían conseguido. Martin Cerezo y sus hombres entraban con honores en la Historia Militar española.

últimos de Filipinas
Fotografía en la que aparecen los "últimos de Filipinas", auténticos héroes españoles.

Y esta es la gesta de nuestros últimos guerreros en Filipinas, pero atrás quedaron entre 5.000 y 7.000 hombres considerados como “desaparecidos en combate”, un término que engloba tanto a caídos en combate como a prisioneros. Entre estos prisioneros, hemos querido rescatar la historia de Luis Checa Martínez, un vecino de la localidad de San Clemente (Cuenca) que vio cambiar su vida cuando fue llamado a realizar su servicio militar en Filipinas

Luis Checa Martínez
Luis Checa Martínez, fue prisionero en Filipinas y no regresó hasta 1903.
Allí debía ocuparse de la intendencia, pero el estallido de la rebelión de 1896 le hizo pasar al combate. Tras meses de lucha, cuerpo a cuerpo en la trinchera, Luis y sus compañeros fueron condecorados en 1897 con la Cruz de Plata al Mérito Militar con distintivo rojo, por su valor en el campo de batalla. 

Cruz de plata al mérito militar
Cruz de plata al mérito militar con distintivo rojo.

Pero poco después Luis fue hecho prisionero. Mientras los héroes de Baler resistían en la iglesia, él tiraba de un arado junto a una vaca, convertido en un esclavo. Su único ancla a la cordura eran el recuerdo de su pueblo y su antigua vida, los que ayudaron a trazar una plan de fuga guiándose con las estrellas. 

Su huida se alargó durante días hasta que oyó voces que hablaban español. Eran compatriotas que esperaban en el muelle para subir a uno de los últimos barcos que regresaban a España, allí Luis contó su apasionante historia y fue informado de que se encontraba en el año 1903  y que Filipinas pertenecía ahora a EEUU. No obstante, todo le daba igual, él quería volver a su pueblo, a su hogar. 

Luis consiguió la licencia absoluta del servicio militar en 1905. En su historial, tres medallas. Aquella Cruz de Plata con distintivo rojo, la Medalla de Luzón y la Medalla de Sufrimiento por la Patria, cuando ya se le había considerado uno de los caídos de la contienda. De vuelta a casa, sufrió como muchos otros el olvido de la Patria, nunca supo de pensión alguna, ni fue reconocido como uno de los héroes, miles, que combatieron en ultramar.

Aquí os dejamos en enlace de la noticia completa realizada por Carlos Guisasola:  http://www.elmundo.es/cronica/2016/12/09/5843dfefe5fdea405c8b4646.html

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Escríbenos un comentario si quieres darnos tu opinión